sábado, 5 de septiembre de 2009

La Cruz de Robles


Miguel Tucto Chávez

Empezó en 1913 como un peregrinaje de señoras compadecidas que iban a rezar por el alma del difunto Oscar Robles asesinado en Agosto de ese año por un rival sentimental y ahora, al cabo de 96 largos años, la tradicional costumbre, matizada de leyendas, sigue ganando "devotos", incluso foráneos; hay quienes aseguran haber sido favorecidos con milagros obtenidos por mediación de la "Cruz de Robles". Así la bondad de Dios estaría premiando a quienes practican esta forma la piedad.

Oscar Robles habría vivido con su esposa y sus padres en una modesta casa de adobes, con techo de cañas y paja, ubicada en la esquina de la calle Trujillo con Jirón Atahualpa, donde después estuvo el Banco Internacional del Perú-Interbanc, y ahora funciona otra entidad financiera. Robles era maestro de escuela y vivía feliz hasta que su mujer resultó pretendida por un peón de la hacienda Lurifico que llegaba a la picantería que los padres de Robles tenían en su casa, en la cual servían agradables "causas" y chicha madura "de la buena".

Un día Robles y su esposa fueron a dar un paseo por las afueras del pueblo hasta llegar al lugar donde ahora está la Cruz recordatoria. Allí fue que, saliendo de entre los montes, el traidor atacó alevosamente a Robles, matándole a puñaladas y dándose a la fuga. Sin embargo, contaban los antiguos, que el culpable de esta historia huyó hacia el norte de Chile perseguido por su propia conciencia que no le permitió regresar a su pueblo, y aquí habría encontrado muerte igual a la que él asesto a Robles.

Al principio fue una cruz solitaria instalada junto al camino convertida después en carretera Panamericana (km. 708.5), y allá acudían las señoras a orar por el alma del difunto. Después fue construida una pequeña capilla y la cruz de madera fue sustituida por otra de hierro; sus visitantes dejaron de ser sólo mujeres y empezaron a ir también varones y así continúa hasta la fecha; se da el caso que viajantes y viajeros que pasan por allí detienen sus vehículos, se acercan, dejan flores, encienden velas, oran y se van. Muchos de ellos vienen especialmente a cumplir el rito, sobre todo choferes de ruta larga que lo han tomado como una obligación y, si tienen prisa y no pueden detenerse, al menos se persignan al pasar, abogan por el alma de Robles, imploran bendiciones y se van.
Publicado en "Revista Monográfica Chepén", Nº 10, abril 2006, Pág. 21 y 22

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